Tres días después del regreso de Valentina, la tormenta emocional que la había devastado en la suite del Hotel Grand Royale había sido reemplazada por una lucidez fría y estratégica. Valentina no había vuelto a su casa, ni a la oficina central, ni había encendido su teléfono habitual. Se mantenía comunicada únicamente a través de Santiago y de su línea prepagada.
Estaba sentada en el escritorio de la pequeña oficina privada que Santiago mantenía en un edificio de despachos contables, lejos del