A las ocho y media de la mañana, la sede central de la corporación joyera se encontraba en plena actividad.
Los empleados entraban y salían de los ascensores con carpetas bajo el brazo. Los teléfonos no dejaban de sonar. En las pantallas del vestíbulo aparecían los precios actualizados de los metales y las cotizaciones de las principales piedras preciosas con las que trabajaba la compañía.
Todo parecía normal.
Todo menos Adrián Velasco.
Cruzó el imponente vestíbulo con paso apresurado, ajustánd