Isabella
Movía la mano con desesperación, tratando de despejar el ambiente cargado que sentía sobre mí. Anabella no había llegado todavía, y esa demora me estaba consumiendo los nervios. Le había dicho claramente que no tardara, porque no podía salir de esa mansión. Después de lo que David me dijo, de su advertencia absurda de que no debía poner un pie afuera, la sensación de encierro se me clavaba en el pecho como un puñal.
Piensa que voy a quedarme allí, obediente y callada, como si fuera una