El CEO se quedó clavado en su sitio al escuchar a su hijo suplicar por no ser abandonado, conocía muy bien ese sentimiento, era lo que lo había subido en la más oscura amargura además de la ceguera que le había cambiado para siempre la vida.
— ¡Emill, sube a tu habitación, la señorita Alvarez y yo tenemos que hablar!
— No, no me voy a ir, me quedaré con ella — el niño se le abrazó a las piernas a Alejandra, ella estaba tan conmovida que calientes lágrimas rodaban por sus mejillas.
— Emill, obed