Alberto
La lluvia caía con una cadencia lenta, como si el cielo también estuviera cansado de tanto dolor. Alberto y Juan caminaban por las calles de Bogotá sin rumbo fijo, con la capucha puesta y los ojos hundidos en sombras. Nadie los reconocía. El alfa que había gobernado con fuerza y estrategia ahora era solo un hombre más entre los fantasmas de la ciudad.
—¿Dónde estás, Mariana? —Alberto susurró, mirando el reflejo de su rostro en un charco—. ¿Dónde están nuestros hijos?
La voz del ángel aú