Capítulo 20: El Refugio de los Brazos de Acero y una Promesa a Media Luz
El trayecto en coche desde el Hospital Central Metropolitano hasta mi apartamento —aquel refugio acogedor que ahora apenas pisaba debido a mi inminente mudanza definitiva a la mansión de Miller— se sintió como una travesía a través de otra dimensión. El peso de la jornada me caía encima como si cargara bloques de plomo sobre los hombros. Mis párpados pesaban toneladas, los músculos de las piernas protestaban con un dolor sordo y persistente tras tantas horas de pie, y el eco de las palabras del