El eco monótono y constante de los monitores cardíacos filtrándose a través de las puertas de cristal del área de trauma ya no era un sonido clínico; se había convertido en el martilleo implacable de mi propio fracaso. Me había deslizado por la pared del pasillo hasta quedar prácticamente acurrucada sobre el suelo de terrazo, con las rodillas contra el pecho y las palmas de las manos presionando mis sienes para intentar acallar el zumbido ensordecedor que me taladraba la cabeza.
Había perdido el