La calidez de la mano de Theodore sobre su piel actuó como una descarga eléctrica que devolvió a Eva al presente de golpe. El lujo de la sala de descanso, el uniforme que le pesaba y el ardor de la bofetada regresaron con una fuerza aplastante.
Theodore la tomó de las manos con una delicadeza que contrastaba con la violencia con la que había estampado al cliente minutos antes. Sus ojos buscaban los de ella, cargados de una culpa que parecía haber estado cultivando durante años.
— Eva, perdóname