Aproveché que aún tenía el día libre y fui a ver a mi padre al hospital. En cuanto entré en la habitación, una sonrisa iluminó su rostro aún magullado. Fui hacia él y le di un fuerte abrazo, oyendo un gemido de dolor.
- Lo siento, papá... Creo que te apreté demasiado fuerte.
- Me gustan tus abrazos de oso. - Sonrió.
- ¿Cuándo vuelves a casa?
- El médico dice que me darán el alta mañana. No puedo quedarme aquí más tiempo.
- ¡No puedo imaginar que fuera agradable!
Nos quedamos mirándonos un rato