Era el momento justo para mandarlo a volar y cantarle la tabla, pero de mi boca no salió ni una sola palabra, menos cuando se estaba quitando la ropa de una manera muy lenta y provocativa y sin apartar su mirada de la mía.
Cuando se deshizo de su camisa, mis ojos barrieron por completo su ancho y musculoso pecho. Su abdomen marcado y duro me hizo tragar saliva varias veces. Su piel es tan blanca y se aprecia muy tersa. Eh, Ave María, que hombre para estar tan bueno.
En lugar de molestarme y sen