DANA
—¡Ya, Daniel, bájame!—
No puedo dejar de reír. El tonto me lleva en brazos como si cargara un costal de papas y se ríe descaradamente de mi rostro, que está rojo como un tomate.
Resulta que sigo siendo inexperta en algunas cosas cuando del sexo se trata y, obviamente, muchas de las cosas que Daniel hizo en mi cuerpo esta mañana me dejaron sin energías. No sabía cómo reaccionar, así que solo cubrí mi rostro con ambas manos, soportando la vergüenza, ruborizada y con los nervios haciendo dest