Tres semanas después.
La hacienda Los Olivos había cambiado.
Los olivares seguían brillando bajo el sol de Andalucía, pero el aire ya no estaba cargado de miedo. El servicio trabajaba con más tranquilidad y las risas de Mateo resonaban por los pasillos de la gran casa, algo que nunca antes se había escuchado.
Magdalena estaba de pie en el balcón principal, observando cómo Rafael enseñaba a Mateo a montar a caballo en el patio. El niño, de apenas ocho años, reía a carcajadas cada vez que el caba