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El silencio se extendió por la aldea cuando el cortejo del rey alfa Rhys cruzó la entrada. Los lobos negros que lo acompañaban se movían como una sola sombra, y el peso de su presencia se sentía en cada respiración contenida.
Ares se mantuvo erguido en medio del camino, firme, con una mano protegiendo instintivamente a las gemelas que se asomaban detrás de él.
Rhys no dijo palabra. Sus ojos, dorados y afilados, se fijaron en el muchacho. Y sin previo aviso, se lanzó.
El aire silbó con la fue