Santiago se acercó a Elizabeth, su voz cargada de urgencia.
—Elizabeth, lo que viste no es lo que parece. La encontré en el bar bastante ebria y la traje a casa para asegurarme de que estuviera bien.
La respuesta de Elizabeth fue fría.
—No necesitas darme explicaciones. Ya puedes irte.—
Al salir del cuarto de Cristen , el aire estaba espeso de tensión, como si las emociones mismas estuvieran revoloteando a su alrededor.
—¿Por qué no confías en mí? —suplicó Santiago.
—Porque creo que he visto su