—¡Adelante! —ladró el capitán de seguridad de París, gesticulando bruscamente.
A su señal, cincuenta soldados de élite se abalanzaron hacia adelante, armas alzadas y listas.
Habían irrumpido en el momento que escucharon el problema estallando en la mansión del gobernador, preparados para cualquier cosa.
Justo cuando se acercaban a las grandes puertas, estas se abrieron con un crujido inquietante.
—No necesitan andar merodeando por ahí afuera —gritó una voz fría y desapegada desde adentro.
—Entre