—¿Cómo... cómo diablos? —Bill se tambaleó al ponerse de pie, balanceándose como si hubiera sido golpeado por un camión.
Sus ojos estaban muy abiertos, en pánico, buscando algo que tuviera sentido.
Su mandíbula temblaba, aún doliendo por la bofetada que lo había lanzado fuera de la arena como un muñeco de trapo.
Un golpe. Solo uno.
—¡Esto no puede estar pasando... esto es imposible!
Álex no se inmutó.
Su voz era firme, casi aburrida.
—Estás allá afuera, ¿no es así? Entonces sí es posible.
—¡No! ¡