Álex corrió al penthouse, su corazón latiendo salvajemente en su pecho después de rastrear el teléfono de Sofía.
El miedo de que ella pudiera estar en peligro alimentaba su desesperación.
Sin pensarlo dos veces, estrelló su pie contra la puerta, astillándola abierta con un estruendo atronador.
Pero lo que vio adentro casi lo destrozó.
Sofía estaba de rodillas, arrodillada ante un Gilbert desnudo y arrogante, su rostro dirigido hacia la hombría de Gilbert.
—¿Qué diablos está pasando aquí? —los oj