Había pasado una hora, y Álex estaba garabateando los registros de pacientes bajo el resplandor ámbar que se desvanecía, preparándose para cerrar las puertas de la clínica cuando el repentino estruendo de botas pesadas anunció problemas.
Florence y Jack irrumpieron de nuevo adentro, su manada de matones pavoneándose arrogantemente detrás.
—¡Bastardo! —chilló Florence venenosamente, blandiendo un puño en su dirección—. ¿Cómo te atreves a estafarnos con productos falsos?
Álex soltó un suspiro cans