Hubo un silencio ensordecedor en el salón privado—una quietud tan intensa que podría haber quebrado cristal.
El shock había robado cada palabra de sus lenguas; el espectáculo que acababan de presenciar los había dejado aturdidos, sin aliento.
Momentos atrás, Shane se erguía alto como su héroe, un ídolo de fuerza bruta, pavoneándose como un campeón—pero ahora yacía desparramado en el piso, golpeado y desechado como un perro sarnoso.
¿Quién diablos era esta bestia calva que demolió a Shane con tal