Raymond marcaba números frenéticamente, desesperado por encontrar a alguien que pudiera salvarle.
Pero cada vez que le contestaban y pedía ayuda, la respuesta era la misma, nadie podía manejar lo que lo destrozaba desde dentro.
Su respiración era entrecortada, y la sangre supuraba de la comisura de su ojo.
Una oleada de horror lo invadió, sentía que se le acababa el tiempo. Casi clavaba los dedos en el teléfono.
—¡Lyra...!
La voz de Lyra sonaba exasperantemente calmada al otro lado. — Tío Raymon