Marco se encontraba con el cuchillo en alto, pero Álex ni siquiera se molestó en mirarlo, con un movimiento suave, casi perezoso, su mano se disparó y conectó con el rostro de Marco.
Un crujido repugnante resonó por la habitación cuando la nariz de Marco se rompió, enviándolo tambaleándose hacia atrás, y el cuchillo cayó inofensivamente al suelo.
—¿Cómo te atreves a atacarme? —bramó Marco, con sangre corriendo por su barbilla.
—¿Quién te dijo que vinieras contra mí? —se burló Álex.
Su fría mirad