El rugido de los motores se multiplicaba, rebotando entre las paredes del desierto. Camionetas se acercaban desde varios flancos, iluminando la oscuridad con faros cegadores. El polvo lo cubría todo, y el aire parecía vibrar con la inminencia del ataque.
Eva apretaba la carpeta contra su pecho, con el corazón latiendo a mil. Marina sujetaba la mano de Santiago, que deliraba de fiebre. Luca observaba el horizonte con la mandíbula apretada, el rifle firme en sus manos.
—Nos tienen rodeados —dijo,