CAPITULO 45

El rugido de los motores se multiplicaba, rebotando entre las paredes del desierto. Camionetas se acercaban desde varios flancos, iluminando la oscuridad con faros cegadores. El polvo lo cubría todo, y el aire parecía vibrar con la inminencia del ataque.

Eva apretaba la carpeta contra su pecho, con el corazón latiendo a mil. Marina sujetaba la mano de Santiago, que deliraba de fiebre. Luca observaba el horizonte con la mandíbula apretada, el rifle firme en sus manos.

—Nos tienen rodeados —dijo,
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