“¡Ah! ¡Ahhh!” Un grito penetrante hizo añicos la quietud de la mañana.
El edredón salió volando de Lucian mientras se despertaba de golpe; su corazón latía con fuerza en su pecho mientras su mano buscaba instintivamente el arma en la mesita de noche antes de darse cuenta de que no era un peligro externo.
“¡Tío!”, gritó la voz, con un pánico tan profundo que el eco resonaba distinto.
Aria se incorporó por instinto y miró rápidamente a Lucian, cuya mirada estaba fija en la puerta, con los oídos a