Natalia cerró los ojos y se dejó caer en la cama. Tenía la espalda empapada de sudor, tanto que la bata del hospital se le pegaba a la piel.
Sentía como si acabara de cruzar las puertas del infierno y regresado de milagro.
Era una desgracia que Diego lo hubiera descubierto todo; pero, al mismo tiempo, era una bendición que no supiera que aún llevaba a uno de sus hijos en su vientre.
Mejor así.
Al menos en el futuro, cuando este niño naciera, a Diego jamás se le pasaría por la mente que era su