Las frías baldosas bajo la mejilla de Alessia no hicieron nada para detener el vértigo que le daba vueltas en la cabeza.
Respiraba con dificultad, en jadeos cortos y entrecortados. Presionó una mano con fuerza sobre la parte baja de su abdomen, encogiendo el cuerpo en el suelo mientras luchaba por mantenerse consciente.
El sabor metálico de la sangre llenaba su boca, espeso y amargo.
A unos metros de distancia, sobre la encimera, su teléfono seguía vibrando.
Zumbó contra el mármol, se detuvo y,