Antonio sostuvo el rostro de Lorain entre sus manos grandes y ásperas, apretando lo suficiente como para marcarle los pómulos. El contacto no era una caricia; estaba marcando lo que era suyo de nuevo, no podía creer que ella estuviera frente a sus ojos. Lorain dejó escapar un quejido ahogado, no se sorprendía por la forma en que él la trataba, pero el pánico si se apoderaba de su pecho. Sabía, con una claridad aterradora, que esa era la forma en que él la reconocía como suya.
—No vuelvas a hace