Rebeca cerró los ojos por un par de segundos. La oferta era de verdad tentadora, pero su hija iba a atravesar su cirugía, y en cuanto pudieran iniciarían las quimioterapias.
Odiaba admitirlo, pero Gael tenía razón en un punto: la niña la necesitaba a su lado. Por más enfermeras que contrataran las veinticuatro horas y niñeras que fueran su sombra, ella era su madre.
“Señor Alfonso Montoya, este mensaje de texto ha sido como una respuesta a muchas plegarias. Pero justo en estos días mi hija será