Rebeca lo ignoró por completo.
Le dejó el espacio suficiente para que entrara a la casa sin articular palabra.
Gael fue directo a la sala; ahí encontró a su pequeña con los ojos opacos y la mirada perdida.
—Hola, ¿lista para ir con el doctor? —preguntó él con un tono forzadamente alegre.
La señora Zully permaneció en su lugar, junto a la niña. Sintió la mirada acusadora de su patrón, pero no hizo más que soltar un suspiro silencioso.
—Papi, ¿los niños pueden morirse? —soltó la pequeña de la nad