Rebeca sintió un impulso violento de correr a esa estúpida vieja de la habitación e impedir que posara sus dedos huesudos en la carita delicada de su hija.
Sin embargo, al girarse, se encontró con los ojos grandes y brillosos de su bebé, atentos a cada movimiento.
Llegó el momento que tanto temía. Regina había crecido; ya no podía mentirle de manera descarada. La niña se daba cuenta de los comentarios incorrectos y venenosos de los adultos a su alrededor.
Una sonrisa tan amplia como falsa se di