Un grupo de enfermeras entró a la estancia para revisar los signos vitales y retirar las bolsas vacías de la infusión. Gael salió de la habitación, visiblemente molesto, con una mano dentro del bolsillo del pantalón de vestir.
Rebeca puso toda su atención en su hija. La habitación olía a orina acumulada por las constantes evacuaciones y a ese denso aroma a medicina que parecía impregnarlo todo. Los sollozos débiles sacudían el pequeño pecho de la niña, exhausta tras las largas horas conectada