Esta vez no se quedó de brazos cruzados.
Esa era la diferencia — la única diferencia que importaba. Hace cinco años había dejado que todo se desmoronara con la facilidad pasiva de un hombre que se decía a sí mismo que la distancia era dignidad. Había visto a Elara sufrir, lo había llamado inevitable y había mantenido las manos en los bolsillos.
No esta noche.
Se quedó frente a su puerta y llamó.
Silencio.
“Elara.” Mantuvo la voz baja, firme. “Quiero hablar contigo. Necesito que me escuches.”
Na