Elara se sentó, su mandíbula apretándose con ira.
¿Qué está tramando ahora? se preguntó amargamente.
“Victor, el dinero no va a cambiar nada”, murmuró para sí misma. “Nada va a arreglar lo que ya está roto.”
Pero tan rápido como surgió la ira, la culpa la siguió.
Recordó lo duramente que le había hablado a su hijo antes.
“Ugh…”, gimió suavemente, pasándose una mano por el cabello.
Sin perder otro segundo, caminó por el pasillo hasta la habitación de Daniel y llamó suavemente antes de entrar.
Él