capitulo 6

Claudio y Olí caminaron llevando a las vacas hacia los corrales. El paso era lento, ceremonioso, y entre ellos se instaló un silencio extraño, espeso, que solo se rompía de vez en cuando con miradas fugaces, rápidas, como si ambos temieran sostenerlas demasiado tiempo.

El sonido de los cascos sobre la tierra y los mugidos tranquilos llenaban el espacio que ninguno se atrevía a ocupar con palabras.

Claudio aclaró la garganta un par de veces, pero no dijo nada. Olí, por su parte, fingía una concentración absoluta en las vacas, como si fueran criaturas extremadamente complejas que requerían toda su atención espiritual y terrenal al mismo tiempo.

—Caminen señoritas… con dignidad y muy ordenadas. Sin desviarse. —murmuró ella, más para sí misma que para el ganado.

Al llegar a los corrales, las vacas entraron sin demasiada resistencia, como si ya hubieran causado suficiente caos por la mañana. Claudio cerró el portón de madera con cuidado y se quedó un instante con la mano apoyada en él, mirando al suelo.

Desde lejos, Eloísa los observaba con una ceja levantada y una sonrisa cargada de curiosidad. No tardó en acercarse, limpiándose las manos en el delantal.

—Vaya vaya… —dijo, rompiendo el silencio.

—¿Ahora el padre también ayuda con el ganado, o es que las vacas pidieron confesión urgente?

Olí soltó una risa nerviosa.

—Fue un… encuentro pastoral inesperado. —respondió Olí.

Claudio se acomodó la sotana, intentando recuperar su compostura.

—Digamos que el Señor obra de maneras misteriosas… y a veces con cuernos. —dijo Oli.

Eloísa los miró a ambos, alternando la vista como quien observa una escena demasiado interesante para interrumpirla del todo.

—Ajá. —dijo alargando la palabra.

—Pues si ya terminaron la procesión bovina, Doña Olga pregunta si el milagro incluye que alguien empiece a ordeñar. —habló Eloisa.

Olí suspiró, apoyándose en la cerca.

—Ahí se acaba la parte espiritual de mi mañana. Ellas, ahora sí acabarán conmigo. —habló tomando una cubeta para empezar a ordenar.

Claudio esbozó una sonrisa sincera, breve, distinta a la que ofrecía en la iglesia.

—Si te sirve de consuelo, creo que hoy ya has ganado suficientes indulgencias.

Eloísa carraspeó con exageración.

—Bueno, yo no quiero interrumpir… pero las vacas sí quieren desayuno. Y yo, chisme.

Olí le lanzó una mirada de advertencia, mientras Claudio bajaba la vista, aún sonriendo. El silencio regresó, pero ya no era incómodo, tenía algo nuevo, ligero, como si entre los mugidos y las bromas que fortalecían  esa complicidad que trataban de ignorar.

El corral quedó en calma. Las vacas rumiaban tranquilas, ajenas al pequeño terremoto emocional que se estaba gestando a pocos pasos de ellas. Olí se sentó en el borde de la cerca, fingiendo revisar el balde de metal, mientras Claudio permanecía de pie, demasiado recto, como si la sotana pudiera servirle de armadura.

El silencio volvió a instalarse, pero esta vez no era torpe... era peligroso.

—Eh… —empezó Claudio, y se detuvo.

—Voy hablar con doña Olga sobre lo que le corresponde en el festival.

Olí lo miró y sonrió. Claudio fue con doña Olga que prestaba el almuerzo.

—Padre Claudio. Que bueno que nos visita, se queda a almorzar, estoy preparando el plato favorito de Oli. Eloisa me dijo que hoy es su cumpleaños, y a Ella se le ocurrió enviarla por las vacas para preparar la sorpresa de cumpleaños.

Claudio regresó la mirada al corral recordando todas las peripecias que pasó con las vacas.

—Esta bien. Las acompañaré. Pero mientras aquel le dejo el formulario de las festividades.

Dos hora después, de ordeñar las vacas y de bañarse. Olí bajó las es escaleras. Claudio la miró fijamente sintiendo latir su corazón. Se aclaró la garganta y desvió la mirada.

—¡Sorpresa! —gritaron doña Olga y Eloisa. Llevando un pastel con unas velas encendidas.

Olí se llevó las manos a la boca, sorprendida. No imaginó que entre tantos vaivén Eloisa se acordara de su cumpleaños.

Las dos se acercaron para felicitarla y abrazarla. Y cuando fue el turno de Claudio. Este dió dos pasos. Pero esos pasos los sintió como plomo. Cuando estuvo cerca de Oli. Se miraron. Claudio tragó el nudo en su garganta, sintiendo las palabras atragantadas.

—Fe... feliz cumpleaños, Oli. —habló por fin, dudando en abrazarla o simplemente mirarla.

—Gracias Claudio. —habló susurrando.

Claudio dudoso se acercó más y la abrazó, Oli respondió a ese abrazo que duró solo segundos, pero para ellos fue una eternidad. Una eternidad que los hizo sentir un temblor en sus cuerpos, al mismo tiempo que despertaba un fuego que quemaba dentro de ellos.

En sus pechos los latidos de sus corazones retumbaban al unisono.

Olí no pudo más.

—Claudio. —susurró audible solo para él. Claudio se alejó. Miró a doña Olga y Eloisa.

—Siento mucho no poder quedarme. Tengo muchas cosas que hacer. —dijo . Miró a Olí.

—Feliz cumpleaños Oli. Dios te bendiga siempre.

—Gracias Claudio. —respondió Olí

—Debo regresar a la iglesia.

—Claro. —respondió ella demasiado rápido.

—Las oraciones no se rezan solas…

Ambos sonrieron, pero fue una sonrisa nerviosa, de esas que no llegan del todo a los ojos. Olí evitó mirarlo; Claudio la miró un segundo de más.

Eloisa tosió fuerte, rompiendo la tensión. Las vacas mugieron y Eloisa se carcageo.

—Creo que ellas están en desacuerdo con su vocación padre. —dijo Olí, señalándolas.

—No serían la primera.  —respondió Claudio sin pensar.

El comentario quedó suspendido en el aire. Claudio carraspeó, consciente de lo que había dicho.

—Quiero decir… todos tenemos dudas. Humanas. Muy humanas.

—Ajá.  —asintió Olí.

—Dudas que no se ordeñan tan fácil.

Se miraron. Esta vez un poco más de lo debido.

Eloísa, que fingía revisar los platos a pocos metros, sonrió para sí misma. Aquí hay novela, pensó.

—Padre.  —dijo Olí, rompiendo el momento.

—Si vuelve a encontrarse con las vacas en el valle, finja que no me conoce.

—Imposible.  —respondió él con suavidad.

—No olvidaría esto...

El silencio otra vez fue más hondo.

Claudio dio un paso atrás, como si retrocediera de un borde invisible.

—Es mejor que me vaya.

—Sí. —dijo Olí, aunque su cuerpo no se movió.

Él se marchó finalmente, con pasos rápidos, casi culpables. Olí lo siguió con la mirada hasta que desapareció tras el camino de tierra. Solo entonces soltó el aire que no sabía que estaba conteniendo.

—Qué tontería.  —murmuró.

—Es solo un sacerdote… y yo solo una mujer con vacas.

Pero su corazón latía como si no estuviera de acuerdo.

Eloísa se acercó despacio.

—Oli…

—Ni una palabra.  —advirtió Olí sin mirarla.

Eloísa sonrió.

—No dije nada. Pero si el amor fuera pecado… ese corral ya estaría en llamas.

Olí negó con la cabeza, intentando reír, mientras por dentro algo nuevo, ridículo, prohibido, inevitable, empezaba a tomar forma.

Y aunque ambos se negaran a aceptarlo, el destino ya había decidido meterse donde no lo llamaban, con sotana, vacas y todo.

Una semana pasó entre encuentros comprometedores que alimentaban la imaginación de los poblanos.

Cada uno, en sus labores cotidiana.

Olí, por su parte, parecía más distraída que de costumbre. Se le quemaba el pan, hablaba sola mientras ordeñaba y sonreía sin razón aparente. Doña Olga la observaba con ojos entrecerrados, y cuchara en mano.

Eloísa, en cambio, ya había hecho su propio inventario de casualidades. Claudio pasando por el camino justo cuando, Olí llegaba algún lugar. incluso a la iglesia, que por casualidad era la hora exacta en que él estaba solo,

Mientras tanto, Claudio rezaba más de lo habitual… y con menos concentración. Se le mezclaban las oraciones con el recuerdo de la risa de Olí, de sus manos firmes, de su manera de decir su nombre sin darse cuenta de lo que provocaba.

La semana del festival llegó. El pueblo entero se reunió en la plaza. Luces, música, risas, comida. Olí llevaba una prenda elaborada por Olga, cuando decidió escapar y esconderse del mundo en el que vivía, era así como lo había imaginado, vivir y vestirse sin nada ostentoso, sin nada a lo que estaba acostumbrada. El vestido era sencillo, pero lo suficiente para que varias miradas se posaran en ella.

Claudio la vio llegar... y se quedó inmóvil.

—Dios mío... —susurró desviando la mirada.

—¿Eso fue una oración o una apreciación estética? —preguntó Eloisa a su lado.

—Ambas. —respondió el sacerdote que ya pasaba por alto los comentarios e impertinencias de la joven.

Olí se acercó a ellos.

—Hola. —dijo.

—¿Estoy muy... inapropiada?—preguntó alternando miradas entre Claudio y Eloisa.

Claudio tragó saliva.

—Estás... perfectamente adecuada para... el clima. —dijo Claudio.

—Qué respuesta tan poca convincente. —rió ella.

El ambiente era alegre y el atardecer

fresco. La música sonaba muy vibrante, y de pronto cambió. Una melodía lenta comenzó a sonar.

—No. —pensó Claudio inmediatamente... Cómo escuchando la petición de Oli.

—¿Bailamos?

El temor de Claudio, se hizo realidad, se materializó la palabra de su mente.

— No.

—¿No qué? —preguntó Olí, fingiendo inocencia.

-—No voy a bailar. No está bien visto.

-—Claro que sí. -—intervino Eloisa.

—Es tradición.

—Soy sacerdote.

—Y humano. —añadió Olí.

—Uno con dos pies, que siente y tiene gusto por la música. —terminó la frase.

La gente alrededor empezó a mirar.

—Padre. —dijo una señora.

—¿No baila con Olí?

Claudio no solo se sentía atrapado, estaba entre la espada y la pared.

—Es solo un baile. Prometo no tentar tu alma. —susurró Olí.

—Eso es exactamente lo que diría alguien que va a tentar mi alma.

Pero aceptó.

Claudio y Oli caminaron al centro de la pista. Claudio la miró fijamente sintiendo que el suelo se movía. Olí apretó sus manos empuñando la falda de su vestido. De pronto se llenó de un valor que recorrió su cuerpo y tomó las manos de Claudio. Él, intentó zafarse, pero Oli sostuvo su mano.

Discretamente lo arrastró al centro de la pista y empezaron a bailar.

Sus pasos eran sincronizados, como si siempre lo hubieran hecho. Sus respiraciones se mezclaban. Sus corazones retumbaban en su pecho. Tan fuerte que parecía que podían escucharse. El mundo a su alrededor desapareció. Cada uno se perdió en la mirada del otro. Eran solo ellos dos sin miedos, sin compromiso.

Todas las miradas de los habitantes eran como dagas que se clavaban en sus espaldas. Eran tan fuerte que podían sentir.

El baile fue... incómodamente perfecto.

Demasiado cerca. Demasiado natural.

—Esto es un error. —murmuró él.

—Los errores son mi especialidad.  —respondió ella.

—¿Tranquilo.? —respondió con una pregunta

Giraron. Rieron. Y. Por un momento, Claudio olvidó los votos, el pasado, la culpa. Se perdió en la mirada de Oli. Max que perderse. Se encontró en esos ojos verdes. Hasta que...

—¡PADRE CLAUDIO!. —gritó alguien-. ¡Le están tomando fotos! —dijo cuando Claudio regresó a la realidad. Se alejó de un solo salto. Y miraron alrededor.

Cámara.

Teléfonos.

Miradas. El mundo volvió de golpe.

Y soltó la mano de Olí que aún la sostenía.

—Lo siento. —dijo con seriedad.

—Esto no estuvo bien, es el más grande error. —dijo Claudio.

Olí parpadeó, tragó el nudo formado en su garganta, se sintió herida al escuchar esas palabras... pero no derrotada. Aunque dolió.

—Tranquilo. —respondió.

—Fue solo un baile.

Olí se alejó de Claudio. Y se acercó a doña Olga. Olga la miró, su rostro desencantado era la prueba de que estaba dolida y herida hasta sangrar.

—Tranquila hija. Mañana nadie se acuerda de este incidente. Olí dibujó una fina línea en sus labios, era una triste sonrisa.

—Lo sé abuela Olga. Lo mejor será que me vaya. Estoy cansada. —se excusó, salió del lugar, subió a su bicicleta y desapareció.

Olí llegó a la casa, subió las escaleras casi sin tocar los escalones y cerró la puerta de su habitación. Se apoyó en la madera y dejó caer la cabeza hacia atrás, como si el cansancio no fuera físico sino del alma.

Su mente, traicionera, comenzó a reproducir cada momento inapropiado.

Y las miradas que duraban un segundo de más.

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