Mundo ficciónIniciar sesiónÉl la recorrió con la mirada sorprendido.
—¿Que eses haciendo aquí ? —se preguntó mentalmente. No podía creer que aquella mujer estuviera frente a él por segunda vez. Claudio sintió que el aire se le quedaba atrapado en los pulmones. Era ella. La misma joven con la que había chocado el día anterior. La de los labios rozados por accidente… y ahora estaba allí, en el orfanato, sosteniendo unas cajas de pasteles como si el destino se burlara de él sin pudor alguno. Claudio estaba atónito ante la presencia de a misma joven con la que había chocado el día anterior. Olí tardó apenas un segundo en reaccionar. Sus manos temblaron y una de las cajas estuvo a punto de caer. —¿Un… sacerdote? —repitió, esta vez en voz más baja, incrédula. —No puede ser… Claudio reaccionó al instante, sostuvo la caja antes de que tocara el suelo y dio un paso atrás, marcando una distancia que a él le pareció urgente, necesaria… casi desesperada. —Buenos días. —dijo con voz serena, demasiado serena para el caos que llevaba dentro. —¿Estás bien? —preguntó Olí lo miró de arriba abajo. La sotana negra, el alzacuellos, la expresión contenida. Todo contrastaba violentamente con la imagen del hombre elegante, de traje a medida, que había quedado grabado en su memoria. —Yo… sí —respondió al fin. —Solo… no esperaba verlo aquí. —Ni yo esperaba verte a ti. —pensó Claudio, pero no lo dijo. Doña Dorotea carraspeó, rompiendo la tensión invisible que flotaba entre ambos. —Padre Claudio, ellas son las muchachas que me ayudarán hoy y siempre con los pasteles. Vienen con doña Olga. —Mucho gusto. —dijo él, inclinando ligeramente la cabeza. —Gracias por traer el desayuno. Los niños estarán muy felices como siempre. Olí asintió sin saber muy bien qué decir. Eloisa, que había observado todo en silencio, arqueó una ceja y se inclinó hacia ella, susurrándole al oído: —¿Ese no es el “hombre guapote” con el que chocaste ayer y se besaron por accidente? —Cállate. —susurró Olí, sintiendo cómo el calor le subía al rostro. Claudio escuchó el murmullo y, aunque no entendió las palabras, percibió el tono. Bajó la mirada por un instante, como si necesitara recordarse a sí mismo dónde estaba… y quién era ahora. Llegaron al comedor, los niños comenzaron a salir, sus risas llenando el lugar. Pequeñas manos se estiraban ansiosas hacia las cajas. —¡Padre Claudio! —gritaron varios a la vez, corriendo hacia él. Su expresión cambió de inmediato. La rigidez se suavizó, los hombros se relajaron y una sonrisa auténtica, limpia, iluminó su rostro. —Tranquilos, mis pequeños. —dijo con ternura. —Hay para todos. Olí lo observó sin parpadear. Ese hombre… no era solo atractivo. Había algo que no podía descifrar, ese porte elegante y un poco arrogante como ll interpretó ella, a como trataba a los niños, en cómo les acomodaba el cabello, en la paciencia de sus gestos. Algo que le apretó el pecho de una manera inexplicable. —No mires. —se dijo. —No es para ti. No puede serlo. —pensó. Mientras repartían los pasteles, Claudio evitó mirarla directamente, pero la sentía. Como una presencia constante, incómoda, peligrosa. Cada vez que sus manos coincidían al tomar una caja, una descarga eléctrica silenciosa recorría su espalda. Olí recorría su mirada entre los niños y el sacerdote. De pronto uno de ellos se acercó y entregó una flor. —Gracias. —dijo Olí cuando la tomó el niño le sonrió con la boca manchada de chocolate. —Gracias a ti. —respondió Claudio sin pensarlo, mirándola por primera vez de frente desde que habían llegado. Sus miradas se sostuvieron apenas un segundo. Uno solo. Pero fue suficiente para que ambos entendieran que aquello no era un simple encuentro casual. Eloisa, siempre observadora, lo supo en ese instante. —Esto va a ser un problema. —pensó, mientras mordía su pastel. Claudio se aclaró la garganta y dio un paso atrás. —Si necesitan algo más… doña Dorotea les indicará. —dijo, forzando la formalidad. Y salió. —Con permiso. Se alejó sin esperar respuesta, como si quedarse un segundo más fuera poner en riesgo todo lo que había construido. Olí lo siguió con la mirada hasta que desapareció por el pasillo. —¿Un sacerdote? —murmuró para si mismo. —Claro… porque la vida no podía ser más irónica. Primero un matrimonio forzado y ahora un sacerdote. ¿Pero que carajos estoy pensando? El puede ser el mismo papa y a mí que me importa. —estaba sumisa en sus pensamientos. Suspiró profundo, apretó los labios, y se obligó a sonreír cuando un niño le tomó la mano sacándola de sus cavilaciones. Sin saberlo, ambos acababan de cruzar una línea invisible. Y el destino, una vez más, ya había decidido no soltarlos. Claudio fue a la oficina, cerró la puerta tras de él y se quedó pegado a ella, cerró los ojos suspiró profundo. Pensar en Emiliano, en un posible encuentro lo ponía mal, al tener que enfrentarse a su hijo. Volver a hablar de ese pasado tan doloroso. De pronto la imagen de Oli llegó a su mente, esa caída con roce de labios. Ese nuevo encuentro ahí en dónde cada día el estaba editando y de pronto también es un lugar al que ella acudirá. —Díos mío... No más pruebas por favor. Mientras Claudio se desvanecía en los pensamientos entre el posible encuentro con sus hijos. Olí compartía con los pequeños. Jugaban y después se despedían, Oli retiró suavemente su mano cuando el último de los niños se marchó del comedor. El murmullo alegre llenó el espacio, pero dentro de ella todo estaba inquieto, desordenado. Sentía que algo había cambiado sin previo aviso, como si aquel encuentro hubiera removido una pieza que llevaba años dormida. —Respira, Olivia. Respira profundo. —se dijo en silencio. —No es nada. Solo un sacerdote… atractivo… y ya. Bueno, uno al que le robaste un roce de labios. Dios...—pensaba y se contradecia. No era tan sencillo pensarlo y ya. Doña Olga apareció con una sonrisa satisfecha, limpiándose las manos en el delantal. —Miren esas caritas felices. —dijo emocionada. —Eso vale más que cualquier pago. —dijo Eloisa. —Gracias por traernos, abuela. —respondió Olí con sinceridad. —Es… hermoso lo que hace aquí. Ni va compartí con niños de un orfanato. Son muy tiernos. —terminó la frase sin imaginar que era escuchada. —El padre Claudio es el alma de este lugar. —intervino doña Dorotea desde la puerta. —Sin él, este orfanato no sería lo mismo. El nombre resonó en la mente de Olí con una fuerza inesperada. —Claudio. —pensó Oli. Eloisa la observó de reojo, notando cómo Olivia apretaba los dedos contra la caja vacía. —¿Todo bien? —le susurró. —Sí… solo un poco cansada. Mentía mal. Y Eloisa lo sabía. Mientras tanto, Claudio salió de la oficina y caminó unos pasos. Escuchó la conversación de las mujeres y al oir su nombre corrió la mirada a Olí. Dio vuelta y salió sin ser visto, fue y se refugió en la pequeña capilla contigua al orfanato. Cerró la puerta tras de sí y apoyó la frente contra la madera, respirando con dificultad. —No. —murmuró. —Esto no puede estar pasando. Caminó hasta el altar y se arrodilló. Sus manos temblaban ligeramente, algo que no le ocurría desde hacía años. —Señor… —susurró. —Tú conoces mi debilidad. Sabes que no soy de piedra. Pero esto… esta prueba… no la entiendo. ¿Acaso no hago bien mi trabajo? ¿Acaso todos los sacerdotes pasa por esta prueba. Y tentación? —se preguntó y la imagen de Olí se coló sin permiso en su mente, su cabello recogido sin cuidado, la expresión decidida, la forma en que miraba el mundo como si no le debiera explicaciones a nadie. —Ayúdame a no pensarla. Por favor. —pidió con un hilo de voz. —Apártala de mi camino si es necesario. Pero incluso mientras lo decía, una parte de él sabía que no sería tan simple, y que aunque lo pedía, muy dentro de él, y sin aceptarlo estaba deseando lo contrario. —No puedo pensar en esas cosas, no de esa manera. —seguía en su debate mental, cuando instintivamente llevó una de sus manos a sus labios, recordando el roce entre ellos. —Esto es una locura. —se dijo Mientras en el comedor, Olí y Eloisa, recogían las cosas para regresar a la casa. Todo se realizaba en un silencio sepulcral. Olí sumergida en sus pensamientos confusos. Eloisa observando y Olga alternando miradas entre ellas sin comprender. —¿Que carajos me pasa? —se dijo mentalmente Oli. Suspiro profundo y salieron para subir a la camioneta, Olí discretamente miró a su alrededor. Deseando ver a ese sacerdote que no salía de su mente. Las horas pasaron, era casi mediodia y después de realizar las compras, ya en la casa, Olí sin pronunciar palabras, subió a su habitación entró y se dejó caer en la cama, exhausta. La mañana había sido largo, intenso, demasiado revelador. Cerró los ojos, pero la imagen del sacerdote no se desvanecía. —¿Desde cuándo me fijo en hombres imposibles? —se reprochó. Un golpe suave en la puerta la sacó de sus pensamientos. —¿Puedo pasar? —preguntó Eloisa. —Sí. —respondió. Eloisa entró y se sentó en el borde de la cama, cruzando los brazos. —Ese sacerdote… —empezó. Olí la miró extrañada. —No me mires así, sabes que tengo razón. Algo pasó ahí. Olí suspiró y se incorporó. —No pasó nada. —dijo. —¿Seguro? —.Absolutamente. no pasa nada. —Entonces ¿Por qué te brillaban los ojos? Olí abrió la boca para responder, pero no encontró palabras. Cerró los labios y negó con la cabeza. —Es una locura. —admitió al fin. —No tiene sentido. Es mayor, es sacerdote, apenas lo ví dis veces... y yo… yo ni siquiera sé qué estoy haciendo con mi vida. —Oli... Eloisa sonrió con suavidad. —A veces, lo que no tiene sentido es lo que más nos cambia. —No empieces. —la interrumpió Olí. —No estoy buscando amor. Solo quiero libertad. Para eso escapé. —El problema. —respondió Eloisa. —Es que el corazón no siempre obedece. —Pero la razón lo hará entender. —dijo oli y se entró al baño. En la parroquia, Claudio caminaba de un lado a otro en su habitación. La sotana colgaba perfectamente ordenada, pero él sentía que por dentro todo estaba fuera de lugar. Tomó una fotografía guardada en el cajón, tres niños pequeños sonriendo. —Mis hijos… —susurró. Pensó en Enzo, en Paolo, en Emiliano. En lo que había perdido, en lo que había sacrificado. ¿Y ahora el destino se atrevía a poner frente a él una tentación que removía todo aquello? —No puedo fallar otra vez . —se dijo con firmeza. Al día siguiente, Olí y Eloisa regresaron al orfanato para ayudar con actividades sencillas. Olí intentó mantenerse ocupada, evitando mirar hacia la capilla, evitando pensar. Pero el destino parecía disfrutar del juego. —Olivia. —la llamó una voz serena detrás de ella. Se giró lentamente. Claudio estaba allí, sin sotana esta vez, con una camisa sencilla y pantalones oscuros. Aun así, su porte seguía siendo imponente. —Padre… —dijo ella, dudando. —Digo… Claudio.... Dios. —pensó tratando de ser lo más natural posible. —Puedes llamarme Claudio. —respondió él con una leve sonrisa. —Gracias por venir de nuevo. —Nos gusta ayudar. —respondió ella—Y los niños son… increíbles. Se hizo un silencio incómodo, cargado de cosas no dichas. —Doña Olga me habló de ustedes. —dijo él. —Dice que están buscando trabajo… y un lugar en el mundo. Olí lo miró con atención. —Supongo que todos estamos buscando eso. —respondió. Claudio asintió lentamente. —Zermatt tiene una forma curiosa de… encontrarnos. —dijo él. Y continuó. —A veces, cuando huimos, llegamos justo donde debemos estar. ¿Cómo sabía que ella estaba huyendo? —¿Usted también huye? —preguntó sin pensarlo. Claudio la miró largo rato antes de responder. —Hace muchos años que lo hago. Esa confesión, tan simple y tan profunda, creó un puente invisible entre ambos. Eloisa los observaba desde lejos, con el ceño fruncido. Reconocía ese lenguaje silencioso. Lo había visto antes. Y sabía que no traía nada bueno. —Esto no va a terminar bien. —pensó. Se acercó a ella. —Oli. Tenemos que ir por las compras. —los interrumpió. Oli y Eloisa se despidieron de Claudio y fueron a realizar los mandados de doña Olga.






