capitulo 2

Olí caminó sin mirar por el pasillo cuando colapsó nuevamente con el mismo hombre. Ahora con vestimenta diferente.

Sus ojos se abrieron como platos ante la sorpresa. Olí lo recorrió de pies a cabeza con la mirada, y muy sorprendida por la vestimenta que ahora tenía..

-¿Un sacerdote? No pude ser. -pronunció parpadeando.

Claudio Marccetti. Tenía años entregado al servicios de Dios, ahora tenía una vida tranquila, entregada al servicio de los más necesitados. Su único contacto con el pasado era su amigo de toda la vida, Nelson. Quien lo mantenía informado sobre sus tres hijos. Enzo, Paolo y Emiliano.

—Hermano. Necesito verte. Tengo algo muy importante que decirte. —escuchó Claudio al otro lado del teléfono.

—¿Que pasa Nelson? ¿Sucede algo con los chicos?

—Necesito que vengas a la ciudad. No puedo quedarme mucho tiempo.

—Está bien, mañana estaré ahí puntual.

Claudio colgó la llamada sintiendo una fuerte presión en su pecho. Habían pasado diez años. Y era la primera vez que escuchaba a Nelson hablar en tono preocupante.

El sacerdote mayor lo observó sin interrumpir lo. Sabía que Claudio desempeñaba bien su cargo. Peto también sabía que no era su vocación.  Aún así lo ayudó y lk aceptó. Al verlo preocupado. Con sus pasos lentos y pesados por los años muy sigilosamente se acercó a él.

—¿Que sucede hijo? Te veo preocupado.

Claudio se giró y lo miró tratando de ocultar su inquietud.

—Padre Ricardo.

—Hijo...nunca te despediste del mundo exterior, aunque digas kk contrario. Vives espiritualmente en el.

—Mis hijos padre. Algo sucede con ellos.

—Ve hijo. Ve y si está en tus manos solucionar hazlo. —respondió Ricardo con toda la comprensión del mundo.

Claudio fue a su habitación y preparó lo más necesario.

Luego fue al cuarto de oraciones y estuvo ahí incadi de rodillas.

—Padre. Tu que todo lo ves y lo sabes. Sabes de mi dilema interno. Perdóname. Perdóname por ser un mal servidor tuyo. Estoy dividido entre mi vocación y mi paternidad, y puede más la segunda. Ayúdame por favor, ayuda a mis hijos.. no me abandones nunca padre. No los abandones a ellos. Te lo pido en nombre de tu hijo nuestro señor. Amén.

Claudio se santificó haciendo reverencia, y salió de ahí para ir a su habitación.

La noche era larga. Claudio daba vueltas en la cama. En su mente reutibaban las palabras de Nelson. Las horas pasaban y el amanecer llegó. Claudio fue al baño, se duchó y cambio sus sotanas. Y fue cuarto de oraciones como lo hacía desde que entró al sacerdocio.

Una hora después estaba con el padre Ricardo.

—Hijo mío. Espero todo este bien con tus hijos. Regresa con bien.

—Amén padre. Pronto estaré de regreso. Claudio se despidió del Padre Ricardo, subió al auto y salió con dirección a la cuidad.

Todo el trayecto, sus pensamientos eran un caos, no sabía nada más que tener que reunirse con Nelson. Unk y mil escenarios se desglosaban en su mente. Una hora después estaba llegando al hotel dónde Nelson lo esperaba.

—Buenos días padre. El señor Nelson lo lespera en el restaurante. —dijo el botones cuando lo recibió.

Claudio entregó las llaves y fue al lugar indicado.

Nelson lo vio llegar , se puso de pie y lo recibió.

—Mi hermano. Cuánto tiempo.

—¿Que sucede Nelson? Esra vez no recibo correspondencia sino que te diste el tiempo de venir hasta aquí.

Nelson lo miró fijamente, no sabía cómo empezar.

—Claudio..

—Sin rodeos Nelson.

—Emiliano...

—¿Que sucede con Emiliano?

—Lo que escuché decir ...es...

—Por favor Nelson.

—Emiliano descubrió una carta.

—¿Que carta?

—No lo sé exactamente. Lo único que sé es que Adrianna contó la verdad y ahora saben su origen. —dijo Nelson. Claudio sintió que su alma salía de su cuerpo. Su mundo se oscureció, cerró los ojos y empuñó sus manos tan fuerte que sus nudillos se tornaron blancos.

—Dime que es una pesadilla. Un mal sueño Nelson.

—Que más quisiera decirte que lo es. Pero no.

Claudio salió sin decir una palabra más, todo lo que había pasado años atrás. Todo lo que había sacrificado por mantenerse lejos de sus tres hijos había Sido en vano. Y ahora uno de ellos sabía esa oscura verdad.

Claudio camino sin rumbo fijo. No podía procesar la idea de que el más pequeño de sus hijos sabía el origen de su vida.

—Dios mío. Ilumina mi camino. Guía mis palabras para poder enfrentar a mi hijo.. Claudio sentía que su pecho ardía. La herida que creyó cerrada estaba nuevamente abierta y sangrando.  Caminó cuando de pronto sintió que algo frío cayó sobre él.

—Perdón. Padre no lo vi venir. —dijo la joven que choco contra el. Y tratando de limpiar su sotana.

—Tranquila hija, no es tu culpa. Yo estaba distraído.

—Padre, vamos, tiene que cambiarse, no pude estar así.

—Tranquila hija, yo. —dijo mirando que el hotel dónde había dejado el auto con su equipaje estaba a muchas cuadras de ahí.

—Vamos padre, debe cambiar su ropa. —insistió la joven. Claudio aturdido por la noticia que acababa de recibir s aceptó la petición de la muchacha. Entró a la tienda de ropa y sa cambió. Con un traje a medida, se miró frente al espejo y vio a un hombre diferente, miró sus cabellos, tocó su rostro reflejado en el espejo. Y a su mente llegó ese Claudio que vivió lo que no merecía vivir. Se miró a los ojos por primera vez en muchos años, se vió de frente y vio esa mirada, limpia de culpa, limpia de ese oscuro pasado. Ahora veía claridad. A pesar del temor que lo invadía por la noticia que había recibido.

Sintió una extraña sensación al verse vestido diferente. Hacia años que no vestía de traje. Afuera.  La vendedora miró a la joven y sonrieron.

—Es padrecito es muy guapo. Precaria a cada momento para ir a confesarme. Y justo ahora voy a confesarme por este pecado. —susurró una de ellas.

Claudio salió del vestidor sin saber como definir el sentimiento que tenía en ese momento. La vendedora tomó la sotanas y caminó al mostrador.

—Lo enviaré a la tintorería. Lo llevaré a la parroquia cuando esté listo.

—No.. yo lo llevaré. Yo manché la ropa del Padre. —dijo la jovencita mirando con deleite a Claudio. Ese gesto insinuador no pasó desapercibido para él.

—Muchas gracias por preocuparse por mi ropa. Pero yo me haré cargo de ella. Cobre lo del traje y empaque mi sotana por favor. —habló él con tono de seriedad.

Momento después de que la vendedora arreglará las prendas en una bolsa, Claudio salió de la tienda, caminó unos pasos, y de pronto y sin previo aviso, se vio en el suelo, con una mujer encima de él.

En el choque con el piso, sus labios se unieron, Claudio por un momento no supo cómo reaccionar, cerró los ojos sintiendo una extraña sensación. Sentir la cercanía de un rostro, sobre el suyo, sintiendo el aliento mezclarse con el suyo, lo hizo sentir "vivo"  por un momento. Al percatarse lo que estaba sintiendo, parpadeó y se giró  para levantarse, quedando encima de ella. Claudio se encontró con la mirada de aquella mujer que lo hizo estremecer por un momento.

—Bella...—pensó.

—No. No es posible. No puedo tener esos pensamientos. Por lo visto. Hoy no es mi día. —se dijo mentalmente.

—¡Joder!. —escuchó a la joven renegar. Claudio parpadeó y miró la los ojos nuevamente, y su mirada recorrió sus labios entre abiertos. Se  puso de pie, y extendió su mano para ayudar a levantarla.

—Lo siento mucho, no fue mi intención. —dijo tratado de negar esa sensación y de no tomarle importancia.

—Claro, estás distraído y no miras por dónde vas. —dijo ella y lo miró fijamente, él sin responder, la vio sonreír irónicamente.

—Es mi culpa, es verdad, estaba distraído.

—Ves...ahora por tu culpa perdí a ese ladrón.

—Te salve de cometer una locura.

—No, lo salvaste de la paliza que je daría.

El intercambio de palabras con aquellas joven había sido un calmante para su ansiedad.

—Es muy peligroso lo que pretendías hacer muchacha.

—En esa bolsa iban mis ahorros. Ahora no tengo nada. —discutió.

—Tranquila, yo las puedo ayudar.  —ofreció con amabilidad.

—No acepto ayudas de desconocidos.

—se negó ella mirando en la dirección por dónde el ladrón se había ido.

—Soy Claudio... Soy un sa... —sus palabras fueron interrumpidas.

—No gracias, me las arreglaré sola. Vamos Elo. —Y las vio alejarse. Miró al cielo y cerró los ojos.

—Padre, protege a esas chicas pie favor. No las desampares . —lanzo una plegaria y siguió su camino para volver al hotel dónde estaba el auto.

Claudio nuevamente sentía una presión en su pecho, todo lo que tanto había temido por mucho tiempo, estaba frente a él. Pasando en cámara lenta.

Llegó al hotel, pagó y recibió su auto, subió y manejo de regreso al pueblo.

Todo el trayecto se imaginó una y mil ideas de como sería hablar con su hijo, o talvez con los tres.

Apretó el volante tan fuerte al igual que sus dientes.

—Padre. Tu sabes la aflicción de mi corazón. Una vez más, te pido que guíes mi camino, mis palabras cuando esté frente a mis hijos.

Sin darse cuenta, estaba frente a la parroquia, frenó y SD quedó ahí, procesando todo lo que había vivido ese día.

Suspiro profundo, tomó sus pertenencias y bajó del auto , caminó sin mirar a nadie. Mientras el sacerdote Ricardo lo miraba desde un lado de la iglesia. Lo siguió con la mirada y pudo ver la angustia que su rostro reflejaba.

Claudio entró a su habitación, y se lanzó sobre su cama.  Las lágrimas rodando por sus cien.

—Dios.. ¿Será que jamás voy a librarme de este destino? ¿Que mal hice antes de ...para seguir pagando? Ya levanta este penitencia. Por favor. Te lo pido. Te lo suplico. —imploró mirándose e incendio sus rodillas y uniendo su rostro mojado por las lágrimas entre sus manos.

El sacerdote mayor, se acercó con intención de hablar, pero al escucharlo se detuvo.

—Hijo mio. Tu prueba aún no termina, sabía que este momento llegaría. —habló el padre Ricardo, se dió vuelta y salió dejando a Claudio poner en orden sus ideas.

Claudio se levantó, secó su rostro y después de un largo baño, vistió nuevamente sus sotanas. Salió y fue a orar al salón del credo.

Claudio paso la noche entera de en el salón de oración. Su tranquilo mundo se convirtió en un caos total en cuestión de tiempo. La noticia de la revelación de la verdad. Y el encuentro con aquella mujer que por un momento puso en tela de duda su decisión de ser un hombre religioso.

—Señor, he pecado, estoy pecando de pensamiento, por favor no. Ese tipo de pruebas no.

Las horas pasaron y el amanecer llegó. Claudio se puso de pie, hizo reverencia frente al altar y salió para ir a su habitación. La hora de llegar al orfanato se acercaba y tenía que estar ahí para cuando llegara la hora del desayuno.

Una hora después de ducharse, vestirse y santificare, salió de la parroquia y fue al orfanato.

Todo el recorrido fue lanzar plegarias para no pensar en ese roce de labios con aquella joven. Apretó el volante al darse cuenta de que ese recuerdo perturba su paz y tranquilidad.

Llegó al orfanato y fue recibido por la directora.

—Padre, puntual como cada día, solo ayer faltó. Los niños lo extrañaron.

—Ya estoy aquí.  Puntual para desayunar esos ricos pasteles de doña Olga.

Claudio y doña Dorotea pasaron al comedor. Cuando escucharon frenar la camioneta de doña Olga.

Doña Dorotea salió seguida por Claudio, caminó por los pasillos y de pronto vio venir unas cajas sobre él. Claudio trató de sostenerla para que no cayera al suelo, sin imaginar que al momento de quitar las primeras cajas ese rostro que no salía de su mente estaba frente a él nuevamente.

—¿Un sacerdote? No pude ser. —escuchó esa voz que reconoció al instante. La miró y vio sus ojos abiertos como platos por la sorpresa

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