[ZAED]
La mesa es demasiado larga para cinco personas que no confían entre sí, y esa distancia física se siente como una declaración en sí misma.
El departamento que alquilamos para reuniones formales en Milán no tiene nada de hogar. Madera oscura, vidrio, líneas rectas. Todo es sobrio, neutral, frío. Un espacio diseñado para que las emociones no tengan dónde apoyarse, para que nadie se sienta cómodo el tiempo suficiente como para bajar la guardia.
Alya está sentada a mi lado. La espalda recta, el mentón en alto. Por fuera parece firme, casi imperturbable. Por dentro la siento tensa, como una cuerda estirada al límite. Mi mano roza la suya debajo de la mesa; no la aprieto, no la retengo. Solo le recuerdo, en silencio, que no está sola.
Frente a nosotros está mi padre. A su derecha, su abogado. Del otro lado, Donato, el papá de Alya, con el suyo a la izquierda.
Dos bandos.
Una tregua.
Un campo minado disfrazado de conversación civilizada.
—No estamos aquí para reescribir el pasado —dic