La reunión termina sin despedidas cálidas.
No hay abrazos.
No hay promesas.
Solo carpetas cerrándose, sillas deslizándose sobre el suelo pulido y silencios demasiado largos como para ser casuales.
Mi padre es el primero en levantarse.
Me mira apenas un segundo. No hay reproche abierto en sus ojos, pero tampoco aprobación. Es una distancia que ya conozco demasiado bien. Se ajusta el saco con un gesto automático, asiente con rigidez hacia Zaed y se dirige a la salida sin decir nada más.
La puerta