Mundo ficciónIniciar sesiónStephanelle permaneció inmóvil en medio de la calle.
Durante unos segundos, tuvo la sensación de que todo el ruido a su alrededor había desaparecido. Los cláxones de los coches, los pasos de los transeúntes, las voces de los desconocidos... nada de eso tenía importancia.
Su mirada estaba fija en la fotografía que el hombre todavía sostenía entre sus manos.
En aquella vieja imagen, una pequeña niña sonreía feliz mientras abrazaba un oso de peluche contra su pecho. Alrededor de su cuello brillaba un colgante con forma de fénix.
El mismo colgante que ella llevaba desde su infancia.
Sin pensarlo, Stephanelle levantó la mano y tocó el collar sobre su piel.
Su respiración se detuvo.
—¿Dónde... dónde encontraron esta fotografía?
Su voz era débil, casi insegura.
El hombre de traje permaneció en silencio durante unos segundos antes de responder.
—Esta fotografía fue tomada hace veinticinco años. Solo unos días antes de la desaparición de la hija de nuestro presidente.
Stephanelle frunció ligeramente el ceño.
—¿De qué presidente habla?
El hombre la miró con seriedad.
—Del señor Stephen Robio.
Al escuchar ese nombre, su corazón casi dejó de latir.
Robio...
Ese apellido.
Ella ya lo había visto antes.
En los documentos del orfanato donde había crecido.
Durante todos esos años, se había preguntado por qué ese nombre aparecía en sus papeles. Por qué nadie le había explicado nunca de dónde venía realmente.
Había terminado creyendo que jamás obtendría una respuesta.
—Yo... no entiendo.
El hombre inclinó ligeramente la cabeza con respeto.
—Señorita, permítame presentarme. Soy Logan Hayes, el jefe de seguridad de la familia Robio.
Stephanelle dio un paso atrás.
La familia Robio...
Ese nombre parecía pertenecer a un mundo completamente diferente al suyo.
—¿Está diciendo que forma parte de la familia Robio?
Logan asintió suavemente.
—Sí.
Hizo una pausa antes de añadir:
—Y creemos que usted es la hija que han estado buscando durante veinticinco años.
Stephanelle negó inmediatamente con la cabeza.
—No... eso es imposible.
Quería creerlo.
Pero su mente se negaba a aceptar una verdad tan grande.
Después de haber vivido toda su vida sin una familia, ¿cómo podía descubrir de repente que tenía una?
Entonces Logan sacó un sobre cuidadosamente cerrado.
Con cuidado, lo abrió y sacó un documento.
—Mire esto.
Stephanelle tomó la hoja con una mano temblorosa.
Sus ojos bajaron lentamente hasta la información escrita en ella.
Entonces se detuvo.
En la parte superior del documento aparecía claramente un nombre.
Stephanelle Robio.
Sus labios se entreabrieron.
Sus piernas se debilitaron.
—Esto... esto no puede ser...
Sacudió la cabeza, como si intentara despertar de un extraño sueño.
Pero el papel seguía allí.
La prueba estaba entre sus manos.
Logan apartó ligeramente la mirada. Él también parecía tener dificultades para contener su emoción.
—Durante veinticinco años, toda la familia la ha buscado.
Su voz se volvió más suave.
—Sus hermanos nunca dejaron de esperar encontrarla.
Stephanelle levantó bruscamente la mirada.
—¿Mis... hermanos?
Logan esbozó una pequeña sonrisa.
—Sí, señorita.
Luego pronunció unas palabras que cambiaron su vida una vez más.
—Usted tiene diez hermanos.
Antes de que pudiera responder, varios coches negros aparecieron al final de la calle.
Se detuvieron frente a ellos con un movimiento perfectamente coordinado.
Las puertas se abrieron casi al mismo tiempo.
Varios hombres bajaron uno tras otro.
Todos eran diferentes.
El primero llevaba un traje impecable, transmitiendo una autoridad natural.
El segundo tenía una mirada tranquila y una presencia reconfortante.
El tercero mostraba la seguridad de un hombre acostumbrado a dirigir.
Después aparecieron los demás.
Diez hombres.
Diez rostros mirándola.
Diez miradas llenas de una emoción difícil de ocultar.
Stephanelle ya no podía moverse.
No sabía qué decir.
El mayor de ellos avanzó lentamente.
Sus ojos ya estaban llenos de lágrimas.
Cuando llegó frente a ella, su voz tembló.
—Stephanelle...
Escuchar su nombre en su boca le resultó extraño.
Como si aquel hombre lo hubiera pronunciado miles de veces esperando este momento.
Ella levantó la mirada hacia él.
Y, sin previo aviso, él cayó de rodillas frente a ella.
Stephanelle se quedó paralizada.
Entonces, uno por uno, los otros nueve hombres hicieron exactamente lo mismo.
Los transeúntes a su alrededor se detuvieron, sorprendidos por aquella escena tan inusual.
Aquellos hombres no eran desconocidos comunes.
Eran figuras conocidas en todo el mundo.
El magnate inmobiliario.
El cirujano genio.
El abogado al que nadie lograba vencer.
La estrella internacional de cine.
El piloto campeón.
El genio de la tecnología.
El pianista reconocido mundialmente.
El comandante de las fuerzas especiales.
El experto en ciberseguridad.
Y el menor de los hermanos Robio.
Hombres que muchas personas soñaban con conocer.
Sin embargo, en ese instante, todos estaban de rodillas ante una sola mujer.
Sus lágrimas caían sin poder contenerse.
El mayor apretó los puños antes de susurrar:
—Hermana pequeña...
Su voz se quebró.
—Perdónanos.
Otro bajó la cabeza.
—Tardamos veinticinco años en encontrarte...
Stephanelle sintió que sus ojos ardían.
Quería hablar.
Quería hacerles mil preguntas.
Pero ningún sonido salió de su boca.
Toda su vida había buscado un lugar al que pertenecer.
Había crecido sin padres, sin familia, sin nadie que la protegiera.
Y hoy...
Por primera vez...
Ya no estaba sola.







