Capítilo 5

Stephanelle permaneció de pie frente al viejo baúl de madera.

Era incapaz de hacer un solo movimiento.

Sus ojos estaban fijos en todas aquellas pequeñas cajas cuidadosamente conservadas durante tantos años.

Sus manos temblaban ligeramente cuando abrió la primera.

En su interior había un pequeño conejo de peluche.

Lo tomó con delicadeza entre sus dedos.

Ben, que estaba de pie a su lado, la observó con una sonrisa llena de emoción.

—Tenías tres años cuando lo viste en una tienda.

Bajó la mirada hacia el peluche.

—Te quedaste mucho tiempo frente al escaparate. Nos dijiste que querías exactamente ese.

Stephanelle abrazó el peluche contra su pecho.

Una extraña sensación invadió su corazón.

No recordaba ese momento.

Pero ellos sí.

Habían conservado cada detalle de una infancia que ella había olvidado.

Luego abrió una segunda caja.

Dentro había un hermoso vestido rosa cuidadosamente doblado.

Después una tercera.

Un precioso collar.

Una cuarta.

Libros apropiados para su edad.

Un regalo tras otro.

Cada objeto correspondía a un año de su vida.

Cada cumpleaños que había pasado lejos de ellos, aun así, había sido celebrado en aquella casa.

Sus diez hermanos nunca habían dejado de pensar en ella.

Nunca.

Las lágrimas comenzaron a correr por las mejillas de Stephanelle.

Intentó contenerlas, pero sus emociones eran demasiado intensas.

Su voz tembló.

—¿De verdad...

Miró las cajas que la rodeaban.

—...esperaron mi regreso durante todo este tiempo?

David se acercó con suavidad.

Su mirada estaba llena de ternura.

—Cada año.

Posó una mano reconfortante sobre su hombro.

—Cada cumpleaños, sin excepción.

Charles sonrió levemente mientras observaba el baúl.

—Nadie tenía permitido tocar estos regalos.

Hizo una breve pausa.

—Estábamos convencidos de que algún día volverías. Y cuando ese día llegara, queríamos que tuvieras todo lo que habíamos guardado para ti.

Aquellas palabras fueron demasiado para Stephanelle.

Sus labios temblaron.

Y finalmente se derrumbó.

Sin pensarlo, corrió hacia Ben y se refugió entre sus brazos.

Había guardado tantas emociones desde su infancia.

La soledad.

La sensación de haber sido abandonada.

El miedo de no ser importante para nadie.

Pero entre aquellos brazos, por primera vez en mucho tiempo, se sintió realmente protegida.

Ben permaneció inmóvil durante unos segundos, profundamente conmovido por aquel abrazo.

Después acarició suavemente su cabello.

Su voz era baja y estaba llena de cariño.

—Ya no estás sola, hermanita.

Stephanelle cerró los ojos.

Por primera vez en toda su vida, sintió que por fin había encontrado su lugar.

---

Mientras tanto...

En la mansión De La Capa.

Rosalie Ramla estaba cómodamente sentada en el salón, con una copa de champán en la mano.

Parecía disfrutar tranquilamente de su nueva posición.

Todo lo que había deseado obtener estaba finalmente al alcance de su mano.

Al menos, eso era lo que ella creía.

La puerta del salón se abrió de golpe.

Un sirviente entró apresuradamente, con el rostro lleno de preocupación.

—¡Señorita... hay una terrible noticia!

Rosalie frunció el ceño.

Dejó la copa sobre la mesa.

—¿Qué ocurre?

El hombre dudó antes de responder.

—La mujer a la que usted echó...

Tragó saliva con dificultad.

—Ha sido recibida por la familia Robio.

La sonrisa de Rosalie desapareció al instante.

Sus dedos se aferraron con fuerza a la copa.

—¿Qué?

Su voz se elevó.

El sirviente continuó:

—Toda la prensa ya está hablando de ello. Los diez herederos Robio la han reconocido oficialmente como su hermana.

El rostro de Rosalie palideció.

Durante unos segundos fue incapaz de reaccionar.

—Imposible...

La palabra escapó de sus labios en un susurro.

Todo lo que había construido estaba derrumbándose.

En ese preciso instante, las puertas del salón volvieron a abrirse.

Diego entró.

Su expresión era fría.

Una frialdad que Rosalie nunca antes había visto en él.

Ella se levantó de inmediato.

—Diego...

Pero él no respondió.

Caminó hasta la mesa y dejó un expediente frente a ella.

—Dime la verdad.

Rosalie forzó una sonrisa.

Intentó mantener la calma.

—¿De qué estás hablando?

Diego abrió el expediente.

Fotografías, documentos y varios testimonios quedaron extendidos sobre la brillante superficie de la mesa.

Todas las pruebas estaban allí.

Cada mentira había quedado al descubierto.

Diego mantuvo la mirada fija en Rosalie.

—Sabías quién era Stephanelle desde el principio.

El rostro de Rosalie perdió todo el color.

Su seguridad desapareció.

—Diego...

Se levantó apresuradamente.

—Puedo explicártelo...

Pero él la interrumpió de inmediato.

—¡Basta!

Su voz resonó por todo el salón.

Incluso los sirvientes que estaban fuera bajaron la cabeza.

Diego la miró con una decepción helada.

—A partir de hoy, ya no tienes un lugar en esta casa.

Aquellas palabras golpearon a Rosalie con más fuerza que una bofetada.

Se quedó inmóvil.

Todo lo que creía haber ganado acababa de escaparse de sus manos.

Pero detrás de su rostro conmocionado apareció otra emoción.

La ira.

El odio.

Sus manos se cerraron lentamente en puños.

En su mente solo había un pensamiento.

Si yo caigo... Stephanelle caerá conmigo.

Ese día, Rosalie Ramla acababa de elegir su bando.

Y, a partir de ese momento, su objetivo sería la familia Robio.

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