Mundo ficciónIniciar sesiónEl viento frío azotaba el camino de entrada de la mansión De La Capa cuando Stephanelle Robio cruzó las grandes puertas por última vez.
En su mano derecha llevaba su expediente médico, apretándolo contra su pecho como el último pedazo de felicidad que le quedaba. En la otra mano arrastraba una maleta que los sirvientes habían dejado frente a ella unos minutos antes.
Por orden de su suegra.
En cuestión de instantes, había perdido el lugar que una vez llamó su hogar.
Se detuvo por un momento frente a la enorme mansión.
Tres años.
Habían sido tres años viviendo entre aquellas paredes. Tres años esperando una mirada cariñosa de Diego, un gesto de afecto, una prueba de que algún día él terminaría amándola.
Ella había esperado.
Había tenido esperanza.
Pero se había equivocado.
Las pesadas puertas de la mansión se cerraron detrás de ella con un sonido seco.
Stephanelle permaneció inmóvil.
Aquel ruido le dio la sensación de que una parte de su vida acababa de quedar encerrada para siempre detrás de esos muros.
Una lágrima silenciosa recorrió su mejilla.
—Señora...
Una voz suave la llamó detrás de ella.
Stephanelle se giró y vio a Mary, la antigua gobernanta de la casa, acercándose rápidamente mientras miraba a su alrededor para asegurarse de que nadie las observaba.
La anciana tomó delicadamente su mano y colocó una tarjeta bancaria en ella.
—He guardado un poco de dinero durante años... Tómela. Váyase lejos de aquí. No podrá quedarse en esta casa.
Sus ojos estaban llenos de preocupación.
—Aquí... nadie la defenderá.
Stephanelle bajó la mirada hacia la tarjeta antes de devolvérsela suavemente a Mary.
Negó con la cabeza con una pequeña sonrisa triste.
—Gracias, Mary. Pero quédatela.
Cerró los dedos de la gobernanta alrededor de la tarjeta.
—Seguramente la necesitarás más que yo.
Los labios de Mary temblaron.
Aquella mujer que acababa de ser rechazada todavía encontraba la manera de preocuparse por los demás.
Las lágrimas de la gobernanta finalmente comenzaron a caer.
—Usted es la persona más amable que he conocido en esta casa...
Stephanelle apartó ligeramente la mirada para ocultar su emoción.
No quería llorar allí.
No delante de aquella mansión que ya no le pertenecía.
Después de una última mirada a Mary, tomó su maleta.
Y se marchó.
Esta vez, no se dio la vuelta.
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Mientras tanto, en el salón de la mansión De La Capa...
Rosalie Ramla estaba cómodamente sentada en el sofá donde Stephanelle había pasado tantas noches sola esperando a su esposo.
Pasó lentamente la mano sobre la lujosa tela, con una sonrisa de satisfacción en los labios.
—Por fin...
Miró a su alrededor como si ya fuera dueña de todo.
—Ahora todo es mío.
La madre de Diego, sentada cerca de ella, mostró una sonrisa satisfecha.
—Eres la única mujer digna de llevar el apellido De La Capa.
Rosalie levantó orgullosamente la barbilla.
Había conseguido exactamente lo que quería.
Pero Diego permaneció en silencio.
Desde la partida de Stephanelle, una extraña incomodidad pesaba en su pecho.
Seguía viendo su rostro cuando descubrió los papeles del divorcio.
Esa mirada...
Parecía completamente destruida.
¿Por qué?
¿Por qué había reaccionado como si acabara de perder mucho más que un simple matrimonio?
Diego frunció ligeramente el ceño, perdido en sus pensamientos.
En ese momento, su teléfono vibró.
Miró la pantalla.
Era un mensaje de su asistente.
«Señor, nuestras investigaciones sobre el colgante de la señora Stephanelle acaban de dar resultados. Este objeto es extremadamente raro. Pertenece a una familia que desapareció hace veinticinco años.»
La expresión de Diego cambió.
¿Un colgante?
Iba a abrir el informe cuando Rosalie se acercó a él y rodeó su brazo con el suyo.
—Diego...
Su voz era dulce, casi suplicante.
—Hoy debería ser un día feliz. No arruinemos este momento pensando en el pasado.
Antes de que pudiera responder, ella tomó su teléfono de sus manos.
El informe quedó sin abrir.
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Por su parte, Stephanelle caminaba sola por las calles concurridas de Nueva York.
Los transeúntes pasaban a su alrededor sin notar el dolor que llevaba dentro.
Su cuerpo estaba agotado.
Su mente estaba llena de preguntas para las que no tenía respuestas.
Colocó suavemente una mano sobre su vientre.
Ese pequeño ser era lo único que le quedaba.
Su voz tembló ligeramente.
—No te preocupes...
Acarició suavemente su vientre.
—Pase lo que pase, mamá te protegerá.
Respiró profundamente, intentando contener las lágrimas que amenazaban con volver.
Fue entonces cuando una larga limusina negra se detuvo justo delante de ella.
Stephanelle se quedó inmóvil.
La puerta se abrió rápidamente.
Cuatro hombres con traje bajaron del vehículo. Su actitud era seria, pero en sus miradas había una extraña emoción.
Uno de ellos se acercó a ella e inclinó respetuosamente la cabeza.
—Disculpe...
Dudó un segundo antes de preguntar:
—¿Es usted la señorita Stephanelle Robio?
Stephanelle retrocedió ligeramente.
Su instinto le decía que debía tener cuidado.
—Sí...
Apretó su expediente contra su pecho.
—¿Por qué me buscan?
El hombre no respondió de inmediato.
Sacó una vieja fotografía cuidadosamente conservada y se la entregó.
En la imagen, una niña de aproximadamente cinco años sonreía frente a la cámara.
Alrededor de su cuello llevaba un colgante.
El mismo que ella llevaba en ese momento.
Stephanelle observó la fotografía, incapaz de apartar la mirada.
El hombre levantó los ojos hacia ella.
Su voz estaba llena de emoción.
—Señorita...
Respiró profundamente.
—La hemos estado buscando durante veinticinco años.
El corazón de Stephanelle dejó de latir por un instante.
¿Veinticinco años?
Miró a aquellos desconocidos frente a ella, incapaz de comprender.
¿Quiénes eran realmente?
¿Por qué la miraban como si fuera alguien a quien habían esperado durante toda su vida?
Y sobre todo...
¿Por qué parecían dispuestos a hacer cualquier cosa para protegerla?







