Capítilo 7

Una lluvia ligera caía sobre Nueva York.

En lo más alto de una inmensa torre de cristal, un hombre permanecía de pie frente a un ventanal que ocupaba casi toda una pared.

Abajo, las luces de la ciudad brillaban en la oscuridad.

Pero él no parecía contemplar el paisaje.

Su atención estaba fija en algún punto lejano.

Su rostro permanecía oculto por las sombras de la habitación.

La puerta se abrió lentamente.

Un guardia entró en silencio e inclinó la cabeza con respeto.

—Señor...

El hombre no se dio la vuelta.

—La familia Robio ha encontrado a la señorita Stephanelle.

Siguió un largo silencio.

Luego, con una voz tranquila, casi fría, el hombre preguntó:

—¿Está a salvo?

El guardia asintió.

—Sí, señor. Los diez hermanos Robio han reforzado su seguridad. Nadie puede acercarse a ella fácilmente.

El hombre permaneció unos segundos sin responder.

Después murmuró con calma:

—Me alegra escuchar eso...

El guardia dudó.

Parecía querer hacer una pregunta, pero no se atrevía.

Finalmente, reunió el valor para hablar.

—¿Debemos intervenir ahora?

Esta vez, el hombre se volvió.

Sus ojos azules, fríos y penetrantes, aparecieron entre las sombras.

—Todavía no.

Regresó a su escritorio y tomó una vieja fotografía que descansaba junto a varios expedientes.

En la imagen, una pequeña niña sonreía alegremente mientras sostenía de la mano a un joven.

Aquella niña...

Era Stephanelle.

Sus dedos acariciaron suavemente la fotografía, como si temiera dañarla.

Su expresión, siempre impasible, cambió apenas un poco.

—Por fin te encontré...

---

En el palacio Robio...

La noche ya estaba muy avanzada, pero Stephanelle seguía sin poder dormir.

Acostada en su enorme habitación, llevaba largos minutos mirando el techo.

Demasiadas cosas habían cambiado en tan poco tiempo.

Apenas el día anterior creía ser una mujer sin familia, abandonada por quienes amaba.

Hoy había descubierto que era la heredera de un imperio y que tenía diez hermanos dispuestos a darlo todo por ella.

Su mente todavía se negaba a aceptar aquella realidad.

Finalmente, se levantó y salió al balcón.

El aire fresco de la noche acarició su rostro.

Cerró los ojos por un instante.

—¿No puedes dormir?

La voz de Ben la hizo sobresaltarse ligeramente.

Se dio la vuelta.

Su hermano estaba de pie detrás de ella, con las manos en los bolsillos y una mirada llena de preocupación.

Stephanelle negó suavemente con la cabeza.

—No...

Miró las luces de la ciudad a lo lejos.

—Siento que toda mi vida estuvo basada en una mentira.

Ben guardó silencio durante unos segundos.

Sabía que ella necesitaba tiempo para aceptar todo lo que acababa de descubrir.

Luego respondió con dulzura:

—No, Stephanelle.

Ella levantó la mirada hacia él.

—Fueron los demás quienes te ocultaron la verdad. Tú no hiciste nada malo.

Aquellas palabras llegaron a su corazón.

Bajó la cabeza y apoyó una mano sobre su vientre.

Una ligera duda cruzó su mirada.

—¿Crees que seré una buena madre?

Ben la miró con ternura.

Después sonrió.

—No tengo la menor duda.

Antes de que Stephanelle pudiera responder, un estruendo ensordecedor resonó por toda la propiedad.

Una alarma.

¡Alerta! ¡Intrusión detectada!

En cuestión de segundos, la tranquilidad del palacio desapareció.

Los guardias entraron en acción.

Se escuchaban órdenes por todos los pasillos.

Logan Hayes llegó rápidamente al jardín.

Su expresión era grave.

—¡Señor Ben!

Ben se volvió de inmediato.

—¿Qué sucede?

—Varios vehículos acaban de atravesar por la fuerza la entrada principal.

La mirada de Ben se volvió helada al instante.

Sacó su teléfono.

—Protejan a Stephanelle.

Su tono no admitía discusión.

—Ahora mismo.

Apenas terminó de hablar, sus otros nueve hermanos llegaron al lugar.

Todos estaban preparados.

Sus expresiones habían cambiado por completo.

Ya no quedaba rastro de ternura.

Solo una fría determinación.

Nadie tocaría a su hermana.

Fuera de la propiedad, varios vehículos negros se detuvieron bruscamente.

Las puertas se abrieron.

Una decena de hombres armados descendió rápidamente.

Al frente de ellos estaba Mason Reed.

Un antiguo rival de la familia Robio.

Avanzó con una sonrisa arrogante en el rostro, como si ya estuviera seguro de su victoria.

Levantó la mirada hacia los hombres que tenía delante.

—Entréguenme a Stephanelle...

Hizo una breve pausa.

—Y me marcharé en paz.

Ben dio unos pasos hacia adelante.

Su mirada era gélida.

—¿De verdad has venido hasta aquí para amenazar a nuestra familia?

Mason soltó una risa llena de desprecio.

—¿De verdad creen que todo termina aquí?

Su sonrisa se hizo aún más amplia.

—Esto apenas está comenzando.

En ese preciso instante...

Se escuchó un disparo.

El estruendo rasgó la noche.

Durante una fracción de segundo, el tiempo pareció detenerse.

La bala atravesó el aire en dirección a Stephanelle.

—¡Stephanelle!

La voz de David resonó por toda la propiedad.

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