—Quítate la gabardina, quiero ver cómo te queda la ropa que escogí para ti —me ordenó sin más, en cuanto entró por la puerta a las ocho y veinte minutos.
Parpadeé sin saber qué hacer. Por un momento sus palabras me pillaron desprevenida. Pero empecé a obedecer, zafando la gabardina con dedos temblorosos y dejé que la prenda cayera a mis pies.
Bradox observó el vestido negro que llevaba puesto y arqueó una ceja.
—¿No se suponía que estarías desnuda por debajo del abrigo? —me recriminó.
—Sí, p