Cuando llegamos a la mansión, mis nervios eran claramente visibles, tanto era mi poco disimulo que las miradas de Ezequiel no se hicieron de esperar, intente disimular, pero mis ojos estaban puestos en la ventanilla del coche buscando a Goro.
—¿Se puede saber qué diablos te pasa?
—Yo creo que debiéramos pasar por el hospital para que te hagan un chequeo —alzo una de sus cejas e indico.
—Desde cuando te he pedido que opines sobre el tema de mi salud, la mujer que me ha dejado en esta situación —