Abrí la puerta con fuerza completamente empapada de agua sucia, llena de barrio y la respiración acelerada, y vi el panorama lúgubre y sucio, las luces estaban apagadas, solo la televisión iluminaba el sillón, un horroroso ruido blanco, una botella callo de su mano rodando hasta mis pies. Solté un suspiro cerrando la puerta con fuerza, provocando que se quejara, lancé mi maleta empapada a un lado caminando hasta él.
—Maldita puta… eres igual de ruidosa que ella.
—¡Papá, dame dinero! —se irguió