—Ah… sí, pero soy amiga de Mariana —aclaró Merina.
—Supongo que se conocen, están obligadas, por sus familias —dijo Valentina y la barrió de pies a cabeza.
Las mejillas de Merina se ruborizaron, sobre todo cuando Marko la observó con detención, casi confundido, como si se cuestionara el por qué había mentido.
Entonces, Valentina tomó una mano del joven, entrelazándola con la suya.
—Quiero seguir tomándome el vino, ¿qué te parece si jugamos una partida de ajedrez en tu habitación? Tal vez y esta