DEBBY
Mierda.
Él me ha llamado Hill, no Jones, por lo que debe estar furioso. Sus ojos siguen fijos en mí y siento que he perdido toda la capacidad para respirar. Rupert merma el espacio entre los dos, tirando de mi cabello y obligándome a verlo a la cara.
—¿Es que no piensas hablar? —inquiere con la tranquilidad de un sabio, pero la rabia de una bestia embravecida.
Frunzo el ceño.
—¿Para qué hablar cuando ya lo sabes?
—Quiero escucharlo de tu boca —espeta con dureza.
Trago grueso;