SEBASTIÁN
El rugido del motor del coche llena el silencio, mientras acelero por el camino que lleva a mi mansión. Mis manos aprietan el volante con tanta fuerza que los nudillos se me ponen blancos. El aire dentro del vehículo es denso, casi sofocante, como si el propio ambiente compartiera mi furia. Cada kilómetro que recorro siento cómo la rabia me consume, una ola de calor ardiente que sube desde el estómago y me nubla los pensamientos.
—Maldito Jones —gruño, golpeando el volante. El eco de