Aún en los brazos de Hector, Ava se aparta instintivamente, intentando recuperar la respiración. Ya Hector no se mueve. Solo gira el rostro lentamente hacia la puerta, con una mirada helada.
—Priscila… —dice, en un tono firme y directo—: ¿Sueles entrar a mi despacho sin llamar?
La mujer palidece al instante.
—No, es que… pensé que… disculpe, señor. No volverá a suceder.
La secretaria intenta salir tan rápido como entró, con el rostro en llamas de vergüenza. Pero la voz de Hector la detiene en e