Despertando con la cabeza un poco pesada y aún con los ojos cerrados, Hector estira la mano por el colchón, buscando a Ava. Pero solo encuentra la sábana fría a su lado. Frunciendo el ceño, se sienta despacio y bosteza, sintiendo el cuerpo flojo, como si el propio sueño lo hubiera golpeado.
Cuando toma el celular de la mesita de noche, abre los ojos de par en par al ver la hora.
—¿Siete de la noche? —refunfuña, pasándose la mano por el rostro. —No puedo creer que me haya apagado así.
Se levanta