Mundo ficciónIniciar sesiónEn el cuarto, Doris se acerca a la cama donde Ava está acostada, con los ojos fijos en el techo, absorta en sus pensamientos.
—¿Cómo se siente, Ava? —pregunta, intentando iniciar una conversación.
—Perdida —responde, sin apartar los ojos del techo.
—No se preocupe por eso, pronto estará mejor —la tranquiliza. —¿Qué tal tomar un baño para relajarse un poco? En el baño hay una bañera enorme —revela, con una sonrisa tímida. —Le hará bien.
Ava reflexiona sobre aquella sugerencia. Su cuerpo le dolía bastante y pensaba que el agua caliente podía ayudarla a relajarse un poco.
—Tiene razón —concuerda, intentando levantarse.
Rápidamente, Doris se acerca y la ayuda.
—No intente levantarse sola nuevamente —comenta. —Su cuerpo está débil, aún más después del legrado —explica. —Voy a traer la silla de ruedas.
Al oír lo que la mujer acaba de decir, Ava se detiene y la mira con los ojos curiosos.
—¿De cuántos meses estaba embarazada? —pregunta.
—Eran pocas semanas —revela Doris.
Instintivamente, Ava se toca el vientre y, cuando se da cuenta, una lágrima solitaria resbala por su rostro.
—No recuerdo nada, pero siento que quería mucho a ese bebé —comenta, intentando contener el llanto que amenaza con salir.
—No piense en eso, querida. Recuerde que usted es joven y puede muy bien quedar embarazada nuevamente —dice Doris, ayudándola a sentarse en la silla de ruedas que había tomado del rincón del cuarto.
Con cautela, Doris la conduce hasta el baño y comienza a llenar la bañera. Mientras el agua corre, ayuda a Ava a desvestirse. Ya casi sin ropa, Ava se levanta con cierta dificultad y camina hasta el espejo. El reflejo que la mira de vuelta la deja atónita. Su rostro está visiblemente hinchado, con marcas moradas alrededor de los ojos, y su cuerpo revela una serie de arañazos y hematomas dispersos. El impacto de la imagen reflejada intensifica su respiración, mientras intenta asimilar la magnitud de las heridas que su cuerpo sufrió.
Quería saber cómo había sufrido aquel accidente, quería saber cómo Hector la rescató. Había tantas preguntas en su mente y ninguna tenía respuesta.
Cuando la bañera se llena, Doris la ayuda a entrar en ella. El contacto con el agua caliente alivia el dolor que siente en el cuerpo y, por unos minutos, se permite cerrar los ojos y relajarse.
Doris ajusta las cortinas del baño cuidadosamente cuando Ava llama su atención con una voz suave.
—Doris, ¿puede hablarme un poco sobre mi relación con Hector?
La empleada siente un nudo en el estómago, en una mezcla de miedo y lealtad. Mientras nota que Ava la observa con los ojos curiosos, Doris siente lástima por ella y por lo que le sucedió. Quería contarle la verdad sobre todo, pero la lealtad que tenía hacia Hector se lo impedía. Siempre detestó las mentiras, pero cuando se trataba de proteger y ayudar a Hector Moreau, a quien crio desde bebé, estaba dispuesta a hacer cualquier cosa, incluso comprometer sus propios principios. Para ella, el bienestar de él justificaba esa difícil elección.
—El señor Hector siempre ha sido muy atento con usted. Él realmente la ama mucho.
Ava la mira, esperando algo más que palabras genéricas.
—Pero ¿cómo éramos, Doris? En la vida diaria.
Sintiendo un sudor frío formarse en su frente, Doris lucha internamente entre la verdad y la fidelidad a Hector.
—Ustedes son una pareja normal —responde. —Hector hace todo para verla feliz. Él es un hombre muy dedicado. Y usted… usted está muy enamorada de él.
Ava aún parece insatisfecha; las palabras de Doris no llenan los vacíos de su memoria.
—¿Discutíamos? ¿Cómo manejábamos los desacuerdos?
La respiración de Doris se vuelve más pesada. Sabe que cualquier desliz puede levantar sospechas.
—Toda relación tiene sus momentos, pero nada que no se resuelva con un poco de conversación. El amor siempre prevalece, señora.
La respuesta parece ensayada, incluso para Doris, que comienza a sentirse cada vez más nerviosa bajo la presión de Ava.
—¿Podría ser más objetiva? —pide Ava. —Con todo respeto, sus respuestas son demasiado vagas para mí.
—¿Qué quiere que le diga? —cuestiona Doris, sintiéndose inquieta. —Soy solo una empleada que no sabe sobre la vida privada de los patrones.
La curiosidad de Ava era evidente, reflejándose en cada palabra cuidadosamente elegida, pero ella entendía que Doris podía no saber muchas cosas.
—Está bien… pero dígame algo. ¿Desde hace cuánto tiempo Hector y yo somos novios?
Doris siente que se le forma un nudo en la garganta con cada pregunta que Ava pronuncia.
—Desde hace bastante tiempo —responde, intentando mantener la voz estable.
—¿Pero cuánto tiempo exactamente?
—Yo… yo no lo sé con certeza —tartamudea Doris; la presión de las preguntas la hace desviar la mirada. —¿Qué tal si la señora aprovecha para relajarse en el baño ahora? Puede dejar esas preguntas para cuando el señor Hector llegue.
La sugerencia de Doris tiene un tono de urgencia. Quería salir de allí y huir de todas aquellas mentiras.
—¿A dónde fue él? —pregunta Ava.
—No lo sé. Posiblemente fue a resolver algo importante en la oficina.
—¿Cuál es la profesión de Hector?
—Él es el CEO de una gran empresa.
—¿Qué tipo de empresa? —pregunta, intentando recordar algo, pero no lo logra.
—Una inmobiliaria —explica. —Él es un hombre muy importante. Usted tiene suerte de tener un prometido como él.
—Quisiera recordarlo… pero para mí, Hector no pasa de ser un extraño —murmura.
—Aprovecharé que usted está aquí para arreglar el cuarto —dice Doris, queriendo huir de todas aquellas preguntas.
Pero, cuando está a punto de salir, Doris escucha la voz de Ava diciendo:
—¿Podría traer algunas fotos mías y de Hector? Tal vez me ayuden a recordar algo.
La pregunta la deja sorprendida, pero responde con naturalidad:
—Claro, señora. Lo haré ahora mismo —dice, casi aliviada por tener una excusa para salir de aquel ambiente lleno de mentiras.







